viernes, 22 de octubre de 2010

-La degradación final del retro-progresismo

No porque nosotros hayamos cambiado los valores, sino porque los vemos enredados en tratar de justificar que robar en la función pública está bien, que humillar a los pobres se justifica, que estafar a los jubilados es “de izquierda”, que violar la ley no es condenable y que destrozar la democracia es progresista.

El Estado invertebrado

Vivimos así al ritmo de impuestos distorsivos, de transferencias presupuestarias no previstas (el caso de la Anses es paradigmático porque sirve para tapar toda clase de agujeros) y de la incertidumbre fiscal que se difunde en el espectro del federalismo, en particular en las provincias grandes, entre las que sobresale la de Buenos Aires con su megalópolis del conurbano. ¿Seguiremos acaso creyendo que leyes fundamentales como las atinentes a la estructura fiscal o a la seguridad social podrán cobrar vigencia en un clima dominado por la prepotencia? Por ahora hemos perdido la oportunidad de legislar con espíritu de consenso respecto de las jubilaciones. Es probable que lo sigamos haciendo por decreto mientras la discusión del presupuesto podría terminar en otro bloqueo tan perjudicial para el futuro como el que acabamos de sufrir en estos días.

Las cartas están pues echadas para lo que queda de este período presidencial y quizá para el que vendrá. Será cuestión de saber si se interpreta lo que pasa o si seguimos empantanados.

© LA NACION

lunes, 18 de octubre de 2010

Una idea que atrasa

La reasignación coactiva de recursos se traduce inexorablemente en consumo de capital y, como es sabido, la única causa del aumento de salarios e ingresos en términos reales es la tasa de capitalización.

Vargas Llosa, el liberal

De todas las variantes del colectivismo, Vargas Llosa se rebela principalmente contra la xenofobia de las culturas alambradas que no permiten el necesario oxígeno al efecto de contrastar distintas visiones y bloquean el comercio. En sus palabras “Luchar por 'la independencia cultural', emanciparse de la 'dependencia cultural extranjera' a fin de 'desarrollar nuestra propia cultura' son fórmulas habituales en la boca de los llamado progresistas del Tercer Mundo. Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecito patriótico que parecen envolverlas”.